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"Era frecuente encontrarse en los caminos con los asnos en los que iban y venían
los labradores. Y al lado siempre, en amigable compañía, marchaban a pie otros
caminantes: vecinos, amigos o jornaleros que, despreocupados, acompañaban a aquellos
jinetes con su charla, al ritmo cadencioso de las caballerías. Unos y otros compartían
el tiempo y la palabra, ajenos al acontecer extramuros que, más allá de La Peña,
hacían marchar el mundo. Ningún valor tenía para ellos, entonces, en aquel vivir
sin prisas, el giro inexorable de las agujas del reloj que, por otra parte, muy
pocos conocían. La vida era un reguero inabarcable de armonía, que corría por las
veredas y los senderos, mientras que los peñatos no tenían más razones para explicar
su existencia, que las noches que seguían a los días. ¡Aquello era vivir!, decían
algunos; un ir y un devenir cogido al paso. Un gozo salpicado de deseos, miedos y
anhelos, que les permitía en aquella época, contemplar el mundo en su justa medida;
ni más grande ni más pequeño. Veían los días avanzar sin deformarse, crecer al mismo
ritmo que las horas. Observaban como el campo, la vegetación, los animales, las cosechas...
todo latía como un único corazón, gigante, al paso de las estaciones. La lluvia se sentía
sobre la piel, al igual que las escarchas o la canícula. Los seres humanos eran, en aquella
tierra inhóspita, dioses de la naturaleza. Luego llegaron los caballos...y más tarde los
carros y las carretas. Con el corcel su vida reunió más argumentos y más bríos; aunque
se les iba más deprisa. Con los carros ganaron en perspectiva. Hasta que llegó la
bicicleta y se les trastocaron los horarios, los ritmos e incluso, las formas de
mirar y comportarse de los que eran afortunados propietarios. Después de aquel primer
encuentro con la máquina, el corazón y los sentidos se hicieron más potentes. A
cambio de un esfuerzo sobrehumano, salvaron escollos y collados; las rudimentarias
carreteras redujeron sus distancias. El mundo empezó a crecer para ellos y, aunque
el tiempo se estiró alarmantemente-ahora podían ir en medio día, ¡en medio día!,
a Viti, y regresar para comer, después de haber hecho los recados-,la mutación(las
prisas y el afán por tener más, el cáncer del consumo) no se vislumbraba todavía.
Esto sucedería un poco más tarde, con la llegada de los coches y del primer televisor.
Paralelamente, el tío Perico se compró el primer tractor y el Quico una motocicleta;
la revolución agrícola y la de los electrodomésticos, la del gas butano y la del vino
peleón embotellado... terminaron por cambiar sus vidas. No se sabe cuando, pero hubo
un día en el que, de pronto, las veredas transitadas desaparecieron bajo la maleza,
los hombres dejaron de montar en burro, y los caminos se volvieron solitarios. La
gente apenas se hacía señas por las calles, se saludaban sin pararse, y la vida, se
notaba, se fue volviendo agria....Hasta que perdió su lentitud."
:: 07/09/2004
Su nombre se debe a que los primeros avistamientos se realizaron en las inmediaciones
de este pueblo vecino a La Peña, más concretamente en el camino que conduce de La
Vidola a Samaniego. Han sido muchos los que la han visto, inicialmente en el lugar
mencionado y más adelante en el camino de La Peña a La Vidola y en el de La Peña
a Masueco.
A pesar de ser muchos los que la han visto no hay fotografías ni ninguna otra
evidencia de su existencia, únicamente el testimonio de los que la han visto. Se
trata de una luz que se manifiesta por las noches y en la que no se aprecia un
punto de origen. Acompaña al viajero ya sea a pie, en bicicleta o en cualquier
tipo de vehículo o caballería. Jamás a causado daño alguno a ninguna persona aunque
en todas despierta pavor ya que se trata de algo desconocido y misterioso. El
tamaño, forma e intensidad de la luz es variable y todos la describen como
increíblemente rápida. Es difícil forjarse una idea de cómo es.
Se ha mostrado en infinidad de ocasiones, en algunas tan desafortunadas como
la que le toco vivir a unos peñatos hace poco más de veinte años. Transportaban
el féretro para el cuerpo de un vecino del pueblo cuando de camino, en mitad de
la noche, se les apareció la luz. No es difícil imaginar la tensión que supuso
a esas personas esa aparición en un momento en el que su animo probablemente
estaba ya más que afligido. En un momento dado uno de los componentes de la
comitiva fúnebre amenazó a la luz con un horcón y esta desapareció sin más.
En otras ocasiones su aparición ha ido asociada a un efecto curioso. Dos jóvenes
se dirigían en bicicleta de La Vidola a La Peña cuando la luz hizo acto de
presencia acompañándolos durante un trecho. En un momento dado, un vecino de
La Vidola que iba en su mismo sentido les adelantó. Cuando los jóvenes llegaron
al pueblo y lo comentaron con esta persona les dijo no haber visto nada.
Son muchas las historias de sus apariciones algunas personas la han visto infinidad
de veces en su vida, sobre todo pastores que se acostumbraron a su compañía. En
los últimos tiempos no hay noticias de nuevas apariciones pero evidentemente la
gente no anda tanto de noche por el campo como antaño. En cualquier caso, jamás
nadie ha hablado de espíritus u ovnis, simplemente se describe la luz como un
fenómeno natural e inexplicable hasta el momento que ya forma parte de la vida
y la memoria del pueblo.
Los motes y nombres de familia son importantísimos en el pueblo, casi todas las
familias tienen uno y es más útil para identificar a una persona que incluso su
nombre o apellido. Los hay de todas clases, desde los que provienen de una virtud
de la persona, un defecto, una profesión o un hecho del pasado. Los hay que
pareciendo despectivos no lo resultan desagradables a sus "dueños" y otros por el
contrario que parecen inocentes, no lo son tanto, y nadie se atreve por respeto a usarlo
públicamente.
Otros son compartidos por muchos, sobre todo los que tienen que ver con profesiones.
Así, por ejemplo, oiremos hablar de Ángel "el pastor" o Luis "el pastor", personas
que lo único que tenían en común era la profesión.
La señora Encarnación ha sido sin lugar a dudas una de las personas más populares del pueblo dentro y fuera de sus fronteras. Durante años ejerció como curandera siendo su habilidad tan excepcional que incluso gentes de provincias lejanas se desplazaba hasta nuestro pueblo buscando ser sanados de todo tipo de torceduras, contracturas y todo tipo de daños musculares. Muchos de estos visitantes eran desahuciados de la medicina moderna que se ponían en sus manos como ultimo recurso y que en muchos casos encontraban en las manos de esta mujer un alivio para sus males.
Esta buena mujer ejerció durante años no cobrando más que la voluntad para cubrir sus gastos de vendas y apósitos, aliviando el dolor hasta que sus manos no dieron más de sí y un poco después, cuando ya sus fuerzas empezaban a estar más justas por el peso de los años siguió un poco más por que no sabia decir no pudiendo ayudar.
Su paso por los periódicos y medios de comunicación sin embargo fue por el triste suceso del que fue victima hace no muchos años. Dos mujeres de etnia gitana, entraron en su casa con el propósito de robar y no bastando con esto le propinaron diversos golpes. Es paradójicamente triste que una mujer dedicada a liberar del dolor a sus semejantes sufriera tan odiosa agresión.
Todos los vecinos del pueblo fueron testigos de su don y prácticamente la mayoría pasamos por sus manos en alguna ocasión, y que al recibir sus friegas exclamábamos: “¡Que daño me hizo la tía Encarnación!”, para un instante más tarde darnos cuenta del gran alivio que nos había proporcionado. Hace ya unos años que nos dejo, pero es inevitable al pasar por la plaza del pueblo dirigir la mirada hacia su casa y recordarla y darse cuenta de que la plaza ya no se llena de coches como antaño cuando la gente se agolpaba a su puerta pidiendo su ayuda.
Cándido Montes o tío Cándido como es conocido por todos nació en el año 1914 y a día de hoy conserva una vitalidad impresionante. A los 19 años comenzó a interesarse por la flauta charra y el tamboril gracias al regalo por parte de un amigo de una gaita charra que más tarde cambiaria por una de mejor factura al tio "Ranches"(Fuentes de Masueco). Esa flauta es la que aun hoy conserva y que antes que a él había pertenecido a otras cinco personas contando el instrumento a día de hoy con más de ciento veinte años. Ha tocado en numerosas bodas, bailes y todo tipo de fiestas populares. Cuenta que muchas veces se desplazaba varios kilómetros para tocar en otros pueblos, de ahí que confiese en tono guasón que no ha crecido más porque se le gastaron las piernas recorriendo caminos.
Antaño las canciones se aprendían como lo hacían todos los juglares, por el boca a boca. Canciones de siempre conocidas por todos y otras reservadas a algunos tamborileros que aprendían unos de otros. Tío Cándido aprendió por su cuenta mientras pastoreaba en el campo y hace patente su buena memoria recordando cientos de canciones, algunas versiones ya extintas que no se estudian en las escuelas de música charra y que sorprenden a propios y extraños. Su memoria rememora no solo canciones sino historias, cuentos, dichos, nombres y un sinfín de cosas pasadas que gusta de contar a todo el que se interese.
Cuenta Cándido que cuando le llamaron para que fuera a tocar al vecino pueblo de Trabanca pensó que era una broma de alguien, su modestia no le permitía imaginar que no solo iba a tocar sino a ser homenajeado por tamborileros y gentes de todos los rincones. Solo tras una llamada del Ayuntamiento de Trabanca pensó que realmente se habían acordado de este anciano tamborilero de La Peña. Cuando rememora el día sus ojos se iluminan y su sonrisa aparece y te dice que ese día fue tocando por toda la calle y había muchos más tocando también y que a la gente le gusto y es que para él poder tocar y alegrar corazones es más importante que cualquier homenaje. En las fiestas de Santa Isabel de 2005 su pueblo le tributo otro merecido homenaje organizado por el Ayuntamiento, al cual asistieron un nutrido grupo de tamborileros vecinos, un día que será recordado por mucho tiempo en el pueblo de La Peña.
A día de hoy Cándido pasa su vida por las calles del pueblo regalando siempre su simpatia y sus buenas palabras, por el campo y alguna que otra tarde tocando para quién se lo pida.
¿Y cómo son los días en La Peña? La mayoría de sus habitantes, como viene describiéndose en esta página, dedica su tiempo a las labores del campo, tanto agrarias como ganaderas, pero como en cualquier otro lugar también aquí se busca robar unos minutos al deber del trabajo para relajarse y descansar.
Antaño el pueblo contaba con un bar en los aledaños de la plaza Constitución que regentaban la señora Catalina y el señor José Lobato. Eran otros tiempos de más esplendor para el pueblo, quizás simplemente porque La Peña tenia más gente por sus calles y seguramente sea por eso que se recuerde un bar bullicioso, lleno de vida y gente joven con ganas de pasarlo bien. Sin embargo, la edad aconsejo a Catalina y a Lobato cerrar el bar y dedicarse a quehaceres.
Actualmente nuestra localidad cuenta con un bar, situado en lo que hace años fueron al principio las escuelas mixtas y una vez hechas las escuelas femeninas (en lo que ahora es el centro médico Santa Isabel) se convirtió en el lugar de estudio de los varones. Años más tarde se aprovechó este local situado en la calle La Grijuela, muy cerca de la Plaza Constitución (la del Ayuntamiento y la Iglesia), para albergar el “Teleclub” donde en los años 70 se juntaban los peñatos de todas las edades a ver alguna que otra película. Desde hace unos 10 o 15 años se recuperó el edificio dándole esta nueva función: el bar.
Cuando empezó su andadura los que se encargaban del bar eran Txelis y Juan Luis, hasta que hace algunos años y debido a falta de tiempo para atenderlo, la gestión del mismo se ha modificado. Actualmente, los hombre del pueblo son los que, por parejas, y un mes cada una de estas parejas, se encargan de abrir el local y aprovisionarlo de lo necesario, así como de las tareas de limpieza. La idea es no perder este rincón al que todo el que lo desee puede acercarse cada noche a tomar un trago, charlar un rato, echar una partida a las cartas o ver el partido de fútbol de los sábados, sin que ninguno de ellos tenga que cargar sobre sus espaldas una responsabilidad más. Lo cierto es que ahora el bar está prácticamente orientado a los adultos y perdió de su primera época la mesa de pin-pon, las bolsas de gusanitos, los flases en verano, los chupa-chups y los chicles con pegatinas de la serie del momento que a los que éramos entonces niños volvían locos. Era una costumbre más, sobre todo los domingos. Ese día la gente se vestía (y aún se sigue haciendo) con la ropa “de domingo” y al sonido de las campanas acudían a la iglesia. Entonces, y hasta hace bien poco, era Olegario, el campanero, que murió este mismo año (2005), el que se encargaba de avisar a los peñatos de que el oficio estaba a punto de comenzar. Iniciaba su llamada repicando las campanas. Después se oían en todo el pueblo “Las dos” (dos golpes de campana), al poco rato se dejaba escuchar “La una” para dar paso a los pocos minutos a “Las muchas”. Gracias a este lenguaje los peñatos podían calcular de cuanto tiempo disponían antes de que comenzase el oficio dominical. Desde que Olegario cayó enfermo este año es otro vecino del pueblo el que llama a misa: Evangelista.
Después de la ceremonia en la Iglesia, la gente se queda charlando en la plaza o acude a tomar algo al bar. Además los días que hace buen tiempo muchos se acercan al frontón a jugar un desafío pelota-mano. Unos pocos forman dos equipos mientras el resto se cobija a la sombra de las casas próximas dispuestos a disfrutar del partido. Muchos de los jugadores están ya entrados en años pero aún siguen dándole con fuerza y precisión a la pelota, hecha de piel curtida.
En un pueblo no se puede dejar de trabajar ni el domingo, pero unas horas de la mañana de este día siempre están reservadas para el ocio, para reunirse con los amigos, comer tranquilamente con la familia y olvidar por un rato que hay que enfundarse el mono, atender los animales o el campo.
